
Tengo el sueño trastocado, el domingo no pude dormir en toda la noche, dí vueltas, me levanté, me acosté, apagué la luz, la prendí, agarré el libro que estoy leyendo, lo dejé, etc,etc hasta las 21hs de ayer que caí rendida. Me desperté a las 2 de la mañana muerta de hambre, me hice algo de “cenar”, me quedé en la compu, me fui a dormir y otra vez la misma cantaleta, pero esta vez hasta las 10am. Por un momento me dije de volver a quedarme despierta dada la hora que era, pero como hoy tenía que ir a ver a mi mamá que mañana se va de viaje, preferí dormir hasta las 14hs (hora engañosa, porque me levanté casi a las 17hs).
Anduve toda la tarde callada; callada para mí, callada para los demás. Pocas palabras para el afuera, sólo las justas y necesarias, pocas palabras para el adentro.
Mi cabeza no para un instante, jamás, por eso cada vez que mi interior se calla, me “preocupo”. Es raro no tener nada que decirme, no tener nada en qué pensar, porque la realidad es que tengo de todo y por eso sirvo café en el cenicero, por eso tengo insomnio, porque la cabeza no se detiene.
Amo hablarme a mí y también lo odio. Odio cuando me pasan cosas como la de la otra noche, que no duermo porque me hablo. Y amo esta eterna compañía que me hago, que hace que la vida no sea tan chata, al menos en apariencia porque estoy recluida al ostracismo, lamentablemente.
Días como hoy en los que no me escucho, son los peores. Es señal de que estoy triste, pero no de esa tristeza que me hace desbordar muchas veces, que me hace llorar y querer gritar, de esa que hace que no quiera levantarme de la cama aunque lo haga igual. Es otra clase de tristeza, es una tristeza del Alma. Una tristeza profunda, dolorosa, pasiva, solitaria.
Y sobre todo silenciosa.
Anduve toda la tarde callada; callada para mí, callada para los demás. Pocas palabras para el afuera, sólo las justas y necesarias, pocas palabras para el adentro.
Mi cabeza no para un instante, jamás, por eso cada vez que mi interior se calla, me “preocupo”. Es raro no tener nada que decirme, no tener nada en qué pensar, porque la realidad es que tengo de todo y por eso sirvo café en el cenicero, por eso tengo insomnio, porque la cabeza no se detiene.
Amo hablarme a mí y también lo odio. Odio cuando me pasan cosas como la de la otra noche, que no duermo porque me hablo. Y amo esta eterna compañía que me hago, que hace que la vida no sea tan chata, al menos en apariencia porque estoy recluida al ostracismo, lamentablemente.
Días como hoy en los que no me escucho, son los peores. Es señal de que estoy triste, pero no de esa tristeza que me hace desbordar muchas veces, que me hace llorar y querer gritar, de esa que hace que no quiera levantarme de la cama aunque lo haga igual. Es otra clase de tristeza, es una tristeza del Alma. Una tristeza profunda, dolorosa, pasiva, solitaria.
Y sobre todo silenciosa.
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