Anoche enterramos a mi gata. Fue un dolor muy grande para mi hijo, mi pareja y para mí. Tenía sólo 9 meses, y hacia 6 que estaba con nosotros. A Iris la desee tanto, la busqué tanto (casi como un hijo), que desde la noche en que la traje fue parte de la familia. A algunas personas les cuesta entender esto, pero a tantas otras no. Algunas mascotas no son sólo eso, sino integrantes de la familia.
Buscaba una gata negra, me decían de otros gatos y no quería ni siquiera ir a verlos porque sabía que me iba a enganchar con cualquier gatito, porque me encantan después de haberles temido durante toda mi vida.
Desde chica tuve ciertos episodios con gatos ajenos que me hicieron tenerles miedo, eso sumado a las películas de terror que veía y en las que los gatos eran seres crueles, malditos.
Pero todo eso cambió el día en que estando en el ex kiosco de mi pareja, allá por el 2004, apareció una gata atigrada “adolescente”. Estaba perdida, se notaba que no era de la calle, y nadie la reclamó. Ese día me animé a llevarla a mi casa hasta encontrarle un lugar, y se quedó 2 años. La llamé Kiara, y tuvimos una relación hermosa. A veces parecía más un perro que un gato: saltaba colgándose del picaporte para abrir la puerta del patio; le tiraba una pelotita y me la traía en la boca; cuando yo iba a la avenida me acompañaba algunas calles y se quedaba esperando por ahí hasta que volviera. No se si serán cosas que normalmente hace un gato, puesto que esa fue mi primera experiencia. Siempre andaba de acá para allá, pero cuando salía al balcón y le chiflaba o le decía “Kiki”, venía corriendo. Fue una experiencia hermosa, una relación hermosa, y un dolor enorme el día que la robaron.
Esa es la idea que me quedó, porque no apareció más de un día para otro y en más de una ocasión una vecina paró a una “vieja de los gatos” que se la quería llevar. Esta vieja iba con un carrito alimentando a los gatos del barrio con carne picada. Claro que le pregunté después que Kiara desapareció, pero ella me dijo que no la había visto. Le tomé bronca a la vieja y también pensaba que quizá ella no tenía ni qué comer (porque se la veía bastante descuidada) pero alimentaba a los gatos. Era definitivamente “la vieja de los gatos”. Si ella se la llevó, me gusta pensar que Kiara está bien y contenta, comiendo carne picada todos los días, haciéndole compañía a esta señora que se desvivía por los gatos.
Así que después de Kiara, no quise tener ningún gato, no porque realmente no quisiera, sino porque me quedé con un vacío y un dolor que no quería “rellenar” con otro gato.
Pero llegó el 2008, recién mudada de casa, y me dí cuenta que me llegó el momento. Quería una gata negra, una gata bien de bruja. La busqué, la encargué, y en Julio apareció. Era la más chiquita de la camada, conocí a los hermanitos y eran todos más grandes que ella. Daba miedo pisarla, había que mirar el piso, no vaya a ser que apareciera y no la viéramos. Era una ratita. Cuando llegó a casa, inspeccionó todo, se metió en todos lados, y al patio no salía, tardó un tiempo en salir, le daba miedo. Estuvo sin nombre un largo rato, quería buscarle uno que “le quedara”, con todo su significado.

Iris (mitología): “En la Ilíada se la describe como mensajera de los dioses, sin embargo en la Odisea este papel está reservado a Hermes. Iris es la personificación del arco iris que anuncia el pacto de los humanos y los dioses y el fin de la tormenta; al igual que Hermes, es la encargada de hacer llegar los mensajes de los dioses a los humanos.”
“Iris”, dije, y así fue.
Nos “peleábamos” porque yo era la única que le ponía límites, pero no venía al llamado de nadie, excepto al mío. Cuando entrábamos de la calle, siempre estaba esperando del otro lado de la puerta dispuesta a recibirnos. Dormía muchas veces en nuestra cama. Con mi pareja tenía una relación especial (como buena gata decía yo). A la mañana, cuando sonaba el despertador, se quedaba al lado de él esperando que se levantara (que nunca es rápido), lo acompañaba a la cocina, lo esperaba mientras desayunaba, se quedaba del otro lado de la puerta del baño esperando que él saliera, y cuando se iba lo acompañaba hasta la puerta. Se quedaba un rato llamándolo y se volvía a dormir conmigo. Cuando él volvía del trabajo, lo esperaba en la puerta, y los días en que él tenía facultad, ella se quedaba conmigo mirando tele en la cama y cuando escuchaba la llave en la puerta, salía corriendo a recibirlo. Era torpe, atropellada, cuando caminábamos se nos enredaba de tal forma en las piernas que nos hacia tropezar, para pedir caricias te golpeaba la mano con su cabeza. Traía todas las cucarachas del barrio abajo de la mesa de la cocina, cazaba pájaros y también los llevaba abajo de la mesa. Yo salía corriendo a los gritos para que le sacaran el pobre pájaro, que eran más grandes que ella. Más de una vez espanté pájaros a tiempo, antes que los agarrara de juguete.
Anoche mi pareja decía: “Todos los gatos no son iguales”, con los ojos llorosos. Kiara fue mi gran compañera e Iris la suya.

El lunes a las 20hs estaba perfecta jugando en el patio, a las 21hs se subió al techo y a las 22hs volvió a agonizar en casa. Creemos que la envenenaron, porque pasó todo muy rápido, aunque fue largo su sufrimiento. No nos dejó estar con ella, y me quedé mirando su agonía desde el otro lado del vidrio sabiendo que no se podía hacer nada. Mi gata se moría. Se moría enfrente mío y no podía hacer nada por ella, ni siquiera para que no sufriera de la forma en que lo hizo. La impotencia es enorme, ves al ser amado (ya sea ser humano o mascota) sufriendo y no podes hacer nada para aliviarlo. Mi pareja quería llevarla al veterinario, pero no sabíamos dónde, y además no se podía hacer nada. Fue difícil para mí entenderlo, reconocerlo y decirle: “Ya está, se muere. Nadie puede hacer nada.”. Decírselo a él mirándolo a los ojos con todo el dolor del mundo, tranquilizar a mi hijo para que lo “aceptara”, verla sufrir y no poder estar con ella. En un momento de desesperación incluso se me ocurrió sacrificarla, y creo que si hubiera tenido algo para hacerlo lo hubiera hecho, porque no se merecía terminar así. Tenía que morir de vieja al lado nuestro. Pero no se me ocurría con qué para que se termine de una sin hacerla sufrir más. Así que ahí me quedé, mirándola, mientras mi pareja me decía desde el patio: “Mar, no mires, te va a hacer mal”. Y sí, me hizo mal, hace 2 noches ya que duermo a los tropiezos, despertándome con cualquier ruido creyendo que es ella. Las imágenes se agolpan en mi cabeza, de las felices y las de esa noche. Miré, la miré, hasta que todo terminó, porque no podía irme y dejarla sola aunque una puerta nos separara. Aunque ella no supiera que estaba yo ahí acompañándola, por lo violentas que eran las convulsiones. Era lo menos que podía hacer por ella. Lamentablemente, era lo único que podía hacer.
1 hora después la puse en una bolsa con todo el dolor del mundo, viendo en su carita toda la agonía, los ojos y la boca abiertos. La quise poner en una caja pero no encontré una de su tamaño.
Anoche la enterré en el patio, y cuando la saqué de la bolsa, tenía los ojos y la boca cerrados. Me sorprendió que se cerraran solos, pero dí gracias porque parecía que estaba dormida. Así la dejé. Así la tapé.
Buscaba una gata negra, me decían de otros gatos y no quería ni siquiera ir a verlos porque sabía que me iba a enganchar con cualquier gatito, porque me encantan después de haberles temido durante toda mi vida.
Desde chica tuve ciertos episodios con gatos ajenos que me hicieron tenerles miedo, eso sumado a las películas de terror que veía y en las que los gatos eran seres crueles, malditos.
Pero todo eso cambió el día en que estando en el ex kiosco de mi pareja, allá por el 2004, apareció una gata atigrada “adolescente”. Estaba perdida, se notaba que no era de la calle, y nadie la reclamó. Ese día me animé a llevarla a mi casa hasta encontrarle un lugar, y se quedó 2 años. La llamé Kiara, y tuvimos una relación hermosa. A veces parecía más un perro que un gato: saltaba colgándose del picaporte para abrir la puerta del patio; le tiraba una pelotita y me la traía en la boca; cuando yo iba a la avenida me acompañaba algunas calles y se quedaba esperando por ahí hasta que volviera. No se si serán cosas que normalmente hace un gato, puesto que esa fue mi primera experiencia. Siempre andaba de acá para allá, pero cuando salía al balcón y le chiflaba o le decía “Kiki”, venía corriendo. Fue una experiencia hermosa, una relación hermosa, y un dolor enorme el día que la robaron.
Esa es la idea que me quedó, porque no apareció más de un día para otro y en más de una ocasión una vecina paró a una “vieja de los gatos” que se la quería llevar. Esta vieja iba con un carrito alimentando a los gatos del barrio con carne picada. Claro que le pregunté después que Kiara desapareció, pero ella me dijo que no la había visto. Le tomé bronca a la vieja y también pensaba que quizá ella no tenía ni qué comer (porque se la veía bastante descuidada) pero alimentaba a los gatos. Era definitivamente “la vieja de los gatos”. Si ella se la llevó, me gusta pensar que Kiara está bien y contenta, comiendo carne picada todos los días, haciéndole compañía a esta señora que se desvivía por los gatos.
Así que después de Kiara, no quise tener ningún gato, no porque realmente no quisiera, sino porque me quedé con un vacío y un dolor que no quería “rellenar” con otro gato.
Pero llegó el 2008, recién mudada de casa, y me dí cuenta que me llegó el momento. Quería una gata negra, una gata bien de bruja. La busqué, la encargué, y en Julio apareció. Era la más chiquita de la camada, conocí a los hermanitos y eran todos más grandes que ella. Daba miedo pisarla, había que mirar el piso, no vaya a ser que apareciera y no la viéramos. Era una ratita. Cuando llegó a casa, inspeccionó todo, se metió en todos lados, y al patio no salía, tardó un tiempo en salir, le daba miedo. Estuvo sin nombre un largo rato, quería buscarle uno que “le quedara”, con todo su significado.
Iris (mitología): “En la Ilíada se la describe como mensajera de los dioses, sin embargo en la Odisea este papel está reservado a Hermes. Iris es la personificación del arco iris que anuncia el pacto de los humanos y los dioses y el fin de la tormenta; al igual que Hermes, es la encargada de hacer llegar los mensajes de los dioses a los humanos.”
“Iris”, dije, y así fue.
Nos “peleábamos” porque yo era la única que le ponía límites, pero no venía al llamado de nadie, excepto al mío. Cuando entrábamos de la calle, siempre estaba esperando del otro lado de la puerta dispuesta a recibirnos. Dormía muchas veces en nuestra cama. Con mi pareja tenía una relación especial (como buena gata decía yo). A la mañana, cuando sonaba el despertador, se quedaba al lado de él esperando que se levantara (que nunca es rápido), lo acompañaba a la cocina, lo esperaba mientras desayunaba, se quedaba del otro lado de la puerta del baño esperando que él saliera, y cuando se iba lo acompañaba hasta la puerta. Se quedaba un rato llamándolo y se volvía a dormir conmigo. Cuando él volvía del trabajo, lo esperaba en la puerta, y los días en que él tenía facultad, ella se quedaba conmigo mirando tele en la cama y cuando escuchaba la llave en la puerta, salía corriendo a recibirlo. Era torpe, atropellada, cuando caminábamos se nos enredaba de tal forma en las piernas que nos hacia tropezar, para pedir caricias te golpeaba la mano con su cabeza. Traía todas las cucarachas del barrio abajo de la mesa de la cocina, cazaba pájaros y también los llevaba abajo de la mesa. Yo salía corriendo a los gritos para que le sacaran el pobre pájaro, que eran más grandes que ella. Más de una vez espanté pájaros a tiempo, antes que los agarrara de juguete.
Anoche mi pareja decía: “Todos los gatos no son iguales”, con los ojos llorosos. Kiara fue mi gran compañera e Iris la suya.
El lunes a las 20hs estaba perfecta jugando en el patio, a las 21hs se subió al techo y a las 22hs volvió a agonizar en casa. Creemos que la envenenaron, porque pasó todo muy rápido, aunque fue largo su sufrimiento. No nos dejó estar con ella, y me quedé mirando su agonía desde el otro lado del vidrio sabiendo que no se podía hacer nada. Mi gata se moría. Se moría enfrente mío y no podía hacer nada por ella, ni siquiera para que no sufriera de la forma en que lo hizo. La impotencia es enorme, ves al ser amado (ya sea ser humano o mascota) sufriendo y no podes hacer nada para aliviarlo. Mi pareja quería llevarla al veterinario, pero no sabíamos dónde, y además no se podía hacer nada. Fue difícil para mí entenderlo, reconocerlo y decirle: “Ya está, se muere. Nadie puede hacer nada.”. Decírselo a él mirándolo a los ojos con todo el dolor del mundo, tranquilizar a mi hijo para que lo “aceptara”, verla sufrir y no poder estar con ella. En un momento de desesperación incluso se me ocurrió sacrificarla, y creo que si hubiera tenido algo para hacerlo lo hubiera hecho, porque no se merecía terminar así. Tenía que morir de vieja al lado nuestro. Pero no se me ocurría con qué para que se termine de una sin hacerla sufrir más. Así que ahí me quedé, mirándola, mientras mi pareja me decía desde el patio: “Mar, no mires, te va a hacer mal”. Y sí, me hizo mal, hace 2 noches ya que duermo a los tropiezos, despertándome con cualquier ruido creyendo que es ella. Las imágenes se agolpan en mi cabeza, de las felices y las de esa noche. Miré, la miré, hasta que todo terminó, porque no podía irme y dejarla sola aunque una puerta nos separara. Aunque ella no supiera que estaba yo ahí acompañándola, por lo violentas que eran las convulsiones. Era lo menos que podía hacer por ella. Lamentablemente, era lo único que podía hacer.
1 hora después la puse en una bolsa con todo el dolor del mundo, viendo en su carita toda la agonía, los ojos y la boca abiertos. La quise poner en una caja pero no encontré una de su tamaño.
Anoche la enterré en el patio, y cuando la saqué de la bolsa, tenía los ojos y la boca cerrados. Me sorprendió que se cerraran solos, pero dí gracias porque parecía que estaba dormida. Así la dejé. Así la tapé.
Mi hijo también está destrozado, los tres lo estamos.
No sé si fue algún vecino o algo que comió por su cuenta. Mi pareja subió al techo para ver si había “evidencias” de algo o alguien. Obvio, no había nada.
Por ahora no quiero tener un gato en los próximos 20 años.
Así no hay corazón que aguante.
Todos los gatos no son iguales.

5 en altamar dijeron:
Uno se encariña con las mascotas y pasan a formar parte de la familia, te entiendo.
Y ya te veo dentro de un tiempito, con gato nuevo!
En mi blog tenès en http://volviendoatratardecrecer.blogspot.com/2008/11/toms.html , el final de Tomàs.
Besitos, y que te repongas pronto.
si! Leí tu blog de punta a punta. El final de Tomás fue tremendo, pobre gato!!
Seguro que no van a pasar 20 años como dije, pero te queda una sensación adentro que aunque los ames no queres ver uno ni de lejos porque te duele.
Gracias por las palabras, besos!!
TENGO UN REGALITO PARA VOS EN MI CASA, LO VENIS A BUSCAR?
Acabo de descubrir tu blog, y empecé por el principio pero quiero dejar mi comentario en este post. En casa tuvimos una gatita Iris..., al final hubo un problema y tuvimos que sacarla de aqui, pero para mi hija pequeña fue todo un trauma. A pesar de que ella fue parte de ese problema.
Nova:
Hola! Y bienvenida!! Perdón por el retraso, pero no había visto tu comentario. Es fuerte cuando uno se encariña con las mascotas, a veces las querés más que a ciertos seres humanos. Las considerás parte de la familia. Qué pena que tuvieran que sacar a "tu" Iris, pero no había mucha posibilidad de elección, claro está.
Espero que sigas por estos lados,
te dejo besos, y en cuanto pueda te leo!!
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